3. Bienvenidos
Qué presencia tan grande puede tener alguien tan pequeño, cómo renombra a las personas sin hablar aún: madre, padre, abuelos, tÃos…todos tenemos una nueva dimensión por un niño de 3,350 kg que aún no habla. Y algunos nos quedaremos atados a esa única dimensión por un tiempo, en mi caso, hasta que me de cuenta que no sólo quiero ser madre. Pero para éso aún queda mucho.
El cartel de “bienvenidos” que nos hizo David ondea sobre la mesa, llena de vasos y restos de la merienda que preparó para la comitiva que nos acompañó desde el hospital. Tanto tiempo los dos solos en casa, y este niño de casi 4 kg, sin hablar, les ha dicho a todos: “!venid cuando queráis, ofenderos si mis padres os dicen que no les viene bien y sobre todo, opinad sobre la paternidad, incluso si cuando fuisteis padres no os levantásteis ni una sola noche con vuestros propios hijos, o ni siquiera estábais”.
Por fin sólos…los tres. El teléfono suena, pero no atendemos. El tiempo a partir de ahora se medirá en lactancia y la noche se presentará durante dos meses con un dolor en el pecho, con una angustia que me oprime el esternón. Termino de darle el pecho a Mateo y me curo los pezones, las grietas están totalmente abiertas, siempre creà que dar de mamar serÃa un gesto romántico, tierno, un momento de intimidad con tu bebé, algo casi mÃstico y no este dolor de panza cuando se acerca la hora y que mientras él succiona yo aprieto los dientes mientras lloro de dolor.
Lo meto en su cuna, pegada totalmente a nuestra cama y miro cómo se duerme. “Según la matrona los bebés tienen hambre cada tres horas más o menos, voy a poner el despertador por si no lo oigo llorar y que no se me pase la siguiente toma”. Creo que es de las cosas más graciosas que dije en mucho tiempo, justo antes de que la angustia ocupara el lugar del sentido del humor. Exactamente 120 minutos después de decir esa frase, un llanto agudo me hace pasar del profundo sueño a una situación de alerta máxima. Mifune salta de la cama al suelo, huyendo hacia el salón, silencioso. Asà comenzaba una vida de cuatro meses infinitos: 45 minutos mamando, sacar gases, cambio de pañal, curar pezones, dormir 100 minutos, 45 minutos mamando, gases, pañal, curar pezones, dormir, 45 pañales, mamando gases, llorar de agotamiento.
Han pasado cuatro meses, huele a primavera, la angustia del atardecer se fue pero no sé cómo desorganizar mi vida, si rompo esta rutina temo que todo se caiga. Mateo duerme sobre mi pecho mientras me balanceo en la hamaca frente al balcón. Vivimos en una inercia que no se rompe a pesar de las personas que entran y salen de casa, es como si todos ellos dieran movimiento a la escena, mientras Mateo y yo permanecemos inamovibles en la hamaca. Demasiadas visitas, madres, abuelas ahora a las que no he podido decirles que la angustia de los tres primeros meses cada vez es menor, y mi frustración mayor: intentar ser algo más que madre los primeros meses es frustrante.
David se acerca a la hamaca y coge a Mateo.
-”Por fin solos….ya estaba harta de escuchar cómo se hacÃa ésto hace 30 años”.
-”Ni caso, venga date una ducha que yo lo acuesto y preparo la cena”
-”QuÃtale el aire y acuéstalo de lado, con la mantita blanca….”. David no contesta a mis instrucciones.
Mientras me desnudo en el baño pienso que él no está mejor con nadie que conmigo, mi manera es la mejor. La ropa cae al lado de la resistencia, mis pies están blancos, parecen más largos de lo habitual. Quizás piense eso para darme ánimos a mi misma, para seguir adelante sin cuestionar nada: mi manera es la correcta. No reconozco mi cuerpo, aquel al que presté tanta atención en la adolescencia ha cambiado, mis tobillos sobresalen más, me reencuentro con mis piernas, ahora los muslos tienen unas venitas rojas atrevidas. Debajo de la ducha observo mi panza, blanda y tristona, mientras mis tetas ahora son pechos, tensos y enrojecidos. Las lágrimas brotan silenciosas, el agua que me limpia y cae por mis pechos, tripa y muslos se lleva la angustia, el agotamiento…

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