Subiría

1. La Corrala

Vivimos en un edificio del año 1785, en la Cabeza de Lavapiés, antes de Calvario. Es una corrala con patio, plantas, hamaca, un teatro, doce vecinos, una taberna, dos gatos y una jirafa. La corrala fue cárcel de la corona para reos eclesiásticos no encausados por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. En el subsuelo, debajo del patio, aún quedan dos calabozos con grilletes, donde se encerraba a los reclusos más pobres, y conforme las escaleras del patio interior subían hacia la primera y segunda planta, estaban las celdas que los clérigos más pudientes se podían pagar. Éstas tienen ventanucos abocinados con rejas, refugio de los dos gatos que hoy viven en la corrala.


Los ventanucos abocinados con rejas son refugio de los dos gatos que hoy viven en la corrala.

El patio es lugar común para compartir charlas, cine de verano, cumpleaños, guardar las bicis y los objetos que salieron de las reformas de cada casa. Aquí dentro no se oye el centro de la ciudad. Es un barco que navega lento por Madrid.
Nacho tiene su taller en el patio, es cariñoso y escultor. Sus obras de animales aparecen en días de sol y desaparecen para adornar casas. Aún no sabemos cómo va a salir la jirafa por la puerta, ha crecido mucho y nos hemos encariñado con ella.

La escalera del patio sube a casa de Jur y Nuria. Él es el creador y hacedor del orgasmatrón, Nuria tiene mucha suerte. El pasillo de la primera galería lleva a la casa de Jose, siempre sentado frente a la ventana donde pinta con esmalte cajitas, broches y espejos que los domingos vende en El Rastro.

Toda antigua cárcel de la Inquisición tiene un fantasma, el nuestro es parisino y se llama Jean-Françoise, viene en primavera y se va en otoño. A su lado vive Jeru, quien lleva la taberna y quien nos ha visto a todos pasar borrachos por su barra en alguna buena ocasión. Por las mañanas hace la compra en el mercado de Antón Martín, ahora no debe estar.

La segunda galería suele tener siempre un buen estandarte, bragas blancas enormes en son de paz. En la primera casa de esta galería vive Sira, una gitana que desde hace muchos años parece tener siempre 65, menos cuando se peina su gran melena recién lavada y espera que se seque al sol, donde parece que el luto se fuera hasta que se lo enrolla en un moño. Nieves baja despacio las escaleras de su ático y se sienta al lado de Sira, al sol y con bastón, esperando que Sira termine de colgar la ropa y bajar a tomar café a la Plaza de Tirso.

El sol se mete en la casa de Luisi, mientras ella escucha música clásica y critica todo El Pais sentada en su sofá de escay burdeos con tapetes de ganchillo. Nació en la corrala, hace 75 años, el año pasado se murió su hermana con la que vivió siempre aquí. Cuando nos la cruzamos en la calle no nos reconoce, sólo en la cotidianeidad de la corrala.

La puerta que está cerrada con la cortina de colores y los geranios en el ventanuco es la casa de Piluca, siempre duerme hasta tarde, porque cuando no tiene bolos, trabaja de noche en su bar, Lo Máximo.

Nuestra casa está en la segunda planta, es rectangular, mide 49m2, casi 50, y tenemos baño. Vivo aqui desde hace nueve años, casi diez, echando a perder el ritmo de mudanzas de la infancia. Nunca viví tanto en una casa.

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